del verbo añejo

¡Ay! Presente, Presente...no sos cognoscible. Vas a vivir in eternis en el zaguán pre-verbal.

Porque mi verbo es siempre nombrado para ser finalizado y enterrado en el mismo instante en que se desvanece por la cuerda sonora que lo engendró. Todo lo que se nombra es inmediatamente entregado al pasado. El “aquí y ahora” no es más que el vestigio de un conjunto fonémico que acaba de “ser” en los pasados segundos que fue nombrado, y que ahora se enarbola un nuevo “aquí y ahora” diferente del anterior, pero que nuevamente es desechado por su condición de símbolo mencionado para dar lugar a otro, y éste a otro...y así infinitamente. Es por esto que jamás voy a ser conciente de que estoy presente. Porque casi nada de lo que nombramos es estático, por lo que los actos, pensamientos y sentimientos tampoco. Y el nanosegundo que se rellena de mi atómico movimiento jamás será el mismo que el próximo que se rellene con su variación. Si lo que nombro es pasado y lo que nombraré es futuro, la muy delgada línea intermedia le hace cuernitos al mundo de la idea y se hace la sota dejando que antaño y proyecto vayan y vengan, se contagien, se fusionen, se complementen, se equilibren o destruyan, se vean o se escondan. Es la fosa de uno y la cuna del otro. Una conexión en silencio, siempre en silencio.