Me gustan las mañanas que destilan impresionismo. Las que vuelan en sensación, en aroma y color. Nada profundo, solo vaguedad corporea, existente y respirada. Asfixiar el talante cerebélico y delinear gruesamente la línea del límite, el contorno profuso y onírico de lo que sólo se contempla.
Me gusta adormecer el cántico metaexpresivo de la idea por unos instantes y susurrarle al silencio mi respiración. Dejar danzar a la pupila en el caleidoscópico dorado lumínico del Sol, al moverse sensualmente, transformando el mundo de la forma. Mundo que nace con cada fotón que lo descubre, en el ritmo convexo y en el cóncavo, en las sombras y los resplandores cromáticos, en la profundidad y en el plano, en los límites y la corporeidad.
Luz, conjugás "conciencia" y "existencia".


