¡Ay! Baloncito geoide, te tomo en mis manos y veo que sos irreconocible casi casi. No sé, quizás sea percepción mía, pero ya no brillás de igual manera, ya no resplandece con la misma intensidad el azulado salpicado del verde tan mimado por mi preferencia. ¿Quién o qué hizo que te convirtieras en lo que sos ahora? ¿y si en realidad lo que tengo en mis manos es otro balón? Por momentos me asusta la idea de perderte totalmente, de que te desintegres y seas enterrado, porque, después de todo, podrías morir de olvido natural. Lo reconozco, es factible, tanto como que desee teñirte de púrpuras, de azules o rojizos, o incluso extenderte o contraerte, coagularte o aquilatarte. Tan factible como el deseo férreo de querer experimentar con tu superficie convexa. De jugar contigo, de no saber qué sos y querer descubrirte, de pintarte y combinarte de mil formas. Me fascina saber que no te sé, de que no te palpo como podría, de que mi mano cree ser demasiado grande para vos; y sin embargo, apenas puedo tenerte en ella. ¿Y si te boto? ¿vas a volver como antes? Quizás sí, pero quizás no. Tu suave y nuevo semblante agrietó tu perfil de antaño. El material se resquebraja, la pintura se expande, se endurece, brilla y te define; la liviandad te eleva al éter, pero a veces las violentas idas y vueltas te maltrechan. Estás diferente, es cierto. Tan cierto como que mi ojo ya no es mi ojo de ayer.
¡Y eso me encanta! ;-P


